viernes, 14 de noviembre de 2014

SEBASTIÁN EN LA LAGUNA JOSÉ LUIS SERRANO / EL PUTOJACKTWIST


Una seductora portada en blanco y negro y 226 páginas evocadoras de un tiempo perdido para siempre, pues todo es memoria y traición. Nada es cómo fue sino cómo lo recordamos. O como creemos recordarlo. Ninguna certeza. "Sebastián en la laguna" trata de un tiempo preciso en un país concreto de una manera imprecisa, fragmentaria, poética.  Capítulos que no son capítulos sino fragmentos, fogonazos líricos de una memoria que es consciente de su incapacidad para contar la historia que quiere contar "porque no se puede contar nada nunca, porque el presente se va y cuando se va ya todo es mentira, o es incompleto, y lo que recordamos y lo que inventamos se mezcla". La novela gira en torno a un verano y a un muerto. Un verano que pudo ser ése u otros veranos. Ya se sabe, la memoria es un cajón de sastre donde todo anda manga por hombro y es difícil contar una historia " sin hacer daño a nadie". La laguna, el verano y un muerto. Y  claro, el adolescente que narra la historia mucho tiempo después. La historia de su deseo por Sebastián  -cuantas reminiscencias evoca ese nombre, desde Derek Jarman  y su película de 1976 hasta uno de los protagonistas de  Retorno a Brideshead" de Evelyn Waugh-, Sebastián, que lee en francés   "alarecherchdutanperdí" mientras toma el sol y se le quema la piel y por Wences y por Olivier, el subnormal, y por Tadeo -aunque no tanto-, el hermano de Sebastián que habla inglés y ha vivido en Nueva York y vuelve a la laguna para morir de una enfermedad que en aquellos años comenzaba a devastar la vida de los homosexuales. Y alrededor de estos personajes que son como los cuatro puntos cardinales de la narración, el resto, los padres del adolescente, su mujer amigo, Carlos, el aburrió, la novia de Wences, las tías de Wences, Lola, la madre noruega de Tadeo y Sebastián, un par de italianos, doña Juana la socialista...Una fauna variopinta en un verano interminable. O no. Los veranos no se acaban nunca en la memoria. Ni la música de Cecilia. [ Mi verano con  Cecilia fue mucho antes. Quizás en el 74 o en el 75. Todo se mezcla.] Lo cierto es que "Sebastián en la laguna" crea un estado de ánimo; es un estado de ánimo. Un estado de ánimo catártico.  Como la llegada de los italianos. El protagonista aprende palabras del resto de personajes mientras descubre el mundo y desea en secreto a Sebastián y un poco menos a Wences que se tira a todo lo que se mueve sea hombre o mujer. Wences que no veranea sino que vive en el pueblo junto a la laguna y sabe que posiblemente no salga nunca del pueblo. Todo es girar.Todo es dar vueltas en círculos. Como los círculos que trazaba Olivier, el subnormal, en la arena. Círculos de una rara perfección.Cada capítulo breve, apenas un par de páginas, a lo sumo tres o cuatro, gira como una peonza, ejecuta su truco de magia, ante la mirada del lector y deja paso al siguiente. Por momentos la prosa adquiere la cualidad etérea de la poesía. No es lo que  se dice sino la forma en la cual se dice, el ritmo. No es la novela que uno espera leer en una editorial como Egales. Y sin embargo es una novela muy Egales. Suena contradictorio, pero no lo es. Quiero decir que se trata de literatura sin adjetivos. Aunque supongo que habrá gente que necesite que les den los sustantivos adjetivados para no perderse. Literatura gay. Como si el adjetivo fuera un plus. Hace tiempo que yo no leo literatura gay. Solo leo -o intento leer- literatura; buena literatura. Nunca pensé que "Una mala noche la tiene cualquiera", "Los monederos falsos" o "El lenguaje perdido de las grúas" fuesen literatura gay. Los adjetivos, a veces, distorsionan. A veces ayudan y a veces no. "Sebastián en la laguna" es literatura. De la buena. De la que busca las emociones y las encuentra. Literatura de la que uno debería leer para conocerse mejor, porque la literatura siempre debería ser una forma de conocimiento. 

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