domingo, 13 de noviembre de 2016

EL CIUDADANO ILUSTRE MARIANO COHN / GASTÓN DUPRAT


Algunas películas se ven porque sí y otras porque toca. "El ciudadano ilustre",  dirigida por Marinao Cohn y Gastón Duprat se ve porque sí y porque toca y porque es una comedia que podría haber escrito Valle Inclán, una comedia con andares de tragedia griega, pero que se resuelve en un inteligente giro final que viene más o menos anunciado en la película. No llega la sangre al río, quizás porque en Salas, el pueblo al que vuelve el  autor premiado con el premio Nobel de literatura, no hay río, aunque si mucha estupidez humana como en todos los microcosmos que no son sino una reducción al absurdo de la hipócrita sociedad actual, donde la mediocridad uniformiza el todo. Que mal soportamos la mirada del otro. Del ajeno, aunque haya sido uno de los nuestros. Qué mal llevamos que metan el dedo en la llaga de nuestras vergüenzas y miserias. De eso habla esta película con un ritmo sosegado y moroso, demasiado, en algunas ocasiones, pero que destila sarcasmo y un notable punto de crueldad y mala leche. El galardonado autor no aspira a convertirse en el ciudadano del año. No tenemos que congeniar con él, es un ser humano con sus defectos y virtudes, pero al menos tiene una moral y una ética, una visión del mundo, unos principios. El resto de los personajes, si exceptuamos quizás a su antigua novia, ahora mujer maltratada, al menos emocionalmente, son unos impresentables de la A a la Z. Desde el  inculto alcalde al tonto del pueblo. Todos son un  dechado de corrupción y de virtudes poco edificantes. La  película tiene varios niveles de lectura. Quizás el que menos me interesa es la reflexión sobre las razones por las cuales no se le ha concedido un premio Nobel de literatura a ningún escritor argentino. Luego tenemos el nivel  más evidente, el del costumbrismo social, donde se realiza una disección en toda regla de las corrupción, el amiguismo, la incultura y la miseria moral de un pueblo y sus gentes que en nada desmerecería en una película de Luis García Berlanga. Ese paseo por el pueblo en el camión de los bomberos acompañado del alcalde y la reina de las fiestas.  Esa selección de los cuadros para el concurso de pintura en la cual el premio Nobel es presidente del jurado a su pesar. Esa secuencia en la que es nombrado ciudadano de honor de Salas, la entrevista en la televisión local. Y esa otra secuencia del suplicanrte / demandante  de una silla de ruedas de 10.000 euros para su hijo, con uno de esos discursos demagógicos y victimistas que tanto abundan en la gente corriente.  Impagables todas estas escenas que muestran en carne viva y a golpe de bisturí los defectos y las miserias humanas de los habitantes de este pueblo que, como no, es todos los pueblos. Quizás el nivel que más me gusta es el del ajuste de cuentas del autor con su pasado, única razón por la cual regresa al pueblo del que salió para intentar no volver nunca. Esos momentos atonales, breves, casi líricos, en los cuales no sucede nada y sucede todo. Ese largo silencio dentro del coche con su exnovia, antes de darse un beso completamente insatisfactorio,  el momento en que se asoma la ventanal de la antigua casa de sus padres convertida en casposa peluquería, la visita al destartalado cementerio donde recoge una flor amarilla y la guarda en un cuaderno. Pero por encima de todo, está la parte metaliteraria, la reflexión sobre el propio acto de escribir, de por qué se escribe y para qué y desde dónde. Desde el discursos inicial en la entrega del premio Nobel, donde da por concluida su carrera literaria porque se acaba de convertir en un monumento, en una estatua, algo así como en el hombre de mármol de del recientemente desaparecido Andrzej Wajda. En el momento que nos canonizan estamos muertos. Ya solo escribimos para reyes y miembros de jurados y para una sociedad pequeñoburguesa satisfecha y encantada de haberse conocido. Esa reflexión que se une a otras sobre el origen de nuestras neurosis y sobre lo que se necesita para escribir, papel, lápiz y vanidad. Sobre todo vanidad. Un escritor sin vanidad no es nadie. Hay una importante carga de profundidad sobre la función social del escritor, que debe escribir para intentar cambiar la sociedad y sobre la decepción que el triunfo produce cuando comprendemos que por mucho que luchemos, la masa social es una bestia ciega y estúpida. Justo lo que necesitan los políticos corruptos para perpetuarse en el poder. Por eso la cultura no es un bien necesario en la sociedad y ha de ser desterrada de ella, porque molesta al poder, a los corruptos y a los hipócritas.  De todo eso y algunas cosas más nos habla "El ciudadano ilustre". Ese que nos honra pero al que es mejor mantener a distancia o muerto, porque molesta menos. Absolutamente recomendable en los malos tiempos que corren.

sábado, 12 de noviembre de 2016

ELLE PAUL VERHOEVEN


Nunca hay que vender la piel del lobo antes de haberlo cazado. Hace mucho tiempo que algunos críticos y bastantes espectadores pusilánimes daban por muerto y enterrado a Paul Verhoeven [Amsterdam, 1938], sobre todo a partir de Schowgirls [1995] Pero más de veinte años después de aquella película de la que yo guardo un buen recuerdo y tras tres o cuatro interesantes películas que pasaron con más pena que gloria, se descuelga con "Elle" una película que viene avalada por esa inmensa actriz todo terreno que es Isabelle Huppert [París, 1953] Una actriz impecable sea cual sea el papel que le toque en suerte y han sido muchos a lo largo de su extensa carrera desde los lejanos años setenta del siglo pasado. La lista de directores con los que ha trabajado es para cortar la respiración: Otto Preminger, Bertrand Blier, Bertrand Tavernier, Claude Gorretta, Claude Chabrol, André Techiné, Márta Mészáros,  Maurice Pialat, Jean Luc Godard, Michael Cinino, Mauro Bolognoni, Joseph Losey, Marco Ferreri, Diane Kurys, Paul Cox, Andrzej Wajda, Los hermanos Taviani, Oliver Assayas, Michael Haneke, Francois Ozon, Patrice Chéreau, Wes Anderson, o Brillante Mendoza. La Huppert, porque es como Hepburn, o como la Davis, o como la Moreau, es capaz de elevar por encima de la media el material en el que participa. Su actuación en "Elle" es brillante, pero dirigida por Verhoeven su interpretación adquiere unos matices inquietantes. Porque el personaje que interpreta Isabelle Huppert es una metáfora de un estado de ánimo, el de la sociedad actual, de una sociedad que se descompone y que posiblemente no asume que se descompone porque no comprende los motivos del desastre. La violación que sufre al principio de la película es la misma que sufrimos todos nosotros en la sociedad en la que vivimos. Claro que nuestra violación es silenciosa y asumida porque somos incapaces de ser críticos con el sistema. Es un acto atroz pero que la protagonista interioriza de la forma más práctica. Incluso es capaz de contarlo en público. La frialdad del personaje se relaciona directamente con su nivel de sofisticación. Es una mujer empresaria, culta e inteligente, elegante, que se ha forjado a sí misma, con una sexualidad abierta, ambigua e incluso masoquista. Su relación con el marido de su amiga, su flirteo abierto con el vecino casado y católico. La película no nos habla de  moral aunque el intento de denunciar al violador una vez que conoce su identidad `pueda parecerlo, sino que nos habla de la hipocresía social en una sociedad satisfecha de sí misma que prefiere ocultar las grietas que han aparecido en sus cimientos. Dime de dónde vienes y te diré hacia dónde vas. Dime de qué desastre provienes y te diré hacia qué abismo te acercas. En la película el pasado es ese padre asesino y esa madre manipuladora y dependiente a nivel emocional. El pasado es el horror, el presente es violencia y aunque el futuro se cierra melancólicamente sellando una amistad como en "Casablanca", es un  final ficticio. Un final para los espectadores que solo necesiten ir al cine a ver un thriller  elegante, sofisticado e inteligente como la protagonista, pero para los que interpreten la película como una disección de la sociedad actual - la novela negra es eso, el cine negro también debería serlo-, "Elle" es una amarga reflexión sobre cómo la sociedad actual se va al garete a pesar de las apariencias de brillante porvenir y bienestar. 

sábado, 29 de octubre de 2016

BOX8: CONTRA EL SILENCIO, OBSTINADAMENTE MARISOL SÁNCHEZ GÓMEZ


Hay libros que sorprenden de desde la primera página o desde el prólogo: Los textos aquí incluidos, heterogéneos y a veces turbulentos, son fruto de la observación que  de la realidad que la circunda ha realizado una mujer blanca, occidental, feminista y con estudios universitarios.  O sea, una mujer privilegiada. Pero la autora de este libro que es una recopilación de las entradas de su blog, no es una mujer privilegiada por universitaria, feminista, occidental y blanca, sino porque utiliza todo lo que la sociedad ha puesto en sus manos, especialmente, su inteligencia para ponerse de parte del débil, para señalar las lacras de una sociedad capitalista y machista, para detectar comportamientos, taras y actitudes que, aunque aceptados, solo esconden la cómoda dejadez de una sociedad estúpidamente satisfecha de sí misma. Marisol Sánchez Gómez se pone en la cita que abre el libro bajo la sombra tutelar de Pier Paolo Pasolini: Parece, a veces, / que odio y, sin embargo, escribo/ versos llenos de amor preciso. De eso trata este libro compuesto por los post del blog de la autora en Internet, convenientemente agrupados  y ordenados en cuatro bloques que, aunque independientes y heterogéneos –Algunas mujeres, El mundo ahí fuera, El psicoanálisis, Leemos, miramos-, una vez leídos con detenimiento, guardan entre sí una sólida unidad general y muchos puntos de contacto, que provienen de esa mirada de mujer blanca, occidental, feminista y con estudios universitarios, inquieta, y atenta a los problemas de la sociedad en la que le ha tocado vivir. Además de un interesante bagaje cultural que mezcla cine, literatura, poesía y viajes.  Cualquier tema le sirve a la autora para sacarle punta a una realidad compleja y complicada donde los vasos comunicantes entre todos los estratos que componen la vida de una persona con los estratos del resto de la sociedad forman un entramado claustrofóbico que nos atrapa sin que percibamos las cadenas que nos subyugan y los sutiles matices de la hipocresía social, cultural y económica. Desentrañar estas conexiones es parte del encanto de este libro que es como una mano de hierro con guantes de seda que entra en el jardín social no para mostrarnos la belleza de las rosas sino el gusano que esconde su aparente belleza. El listado de autores y citas que aparecen este libro misceláneo, pero de unidad indisoluble, algunos para  ser ensalzados y otros para ser denostados, sin importar lo aplaudidos y celebrados que sean –sirva de ejemplo José María Fonollosa -, es impresionante y digno y merecedor de un par de reseñas que superarían la pretensión de estas palabras que solo pretenden resaltar las virtudes combativas y la calidad emocional de los textos que componen este “Box8: contra el silencio, obstinadamente”.  Por citar sin intención de ser exhaustivo temas, personajes, citas y divagaciones: el aborto, la poesía de  Evelyn Lau y la reflexión sobre la prostitución,  Julia Kristeva, la explotación de las mujeres en Chihuahua, José María Parreño,  el grupo música Muse, las drogas, Depeche Mode, Judy Grahan  y Una mujer habla con la muerte, poemario que se erige como una emocionante meditación sobre la futilidad de una sociedad fascinada por la destrucción,  Mariana Tsvietaieva, el concepto de fragilidad femenina, Balthus, la violación de Philomena en la Metamorfosis de Ovidio, el suicidio y Sarah Kane – autora que desconocía y que me ha interesado especialmente-, el cuerpo como fuente de vulnerabilidad y poder, Cristina Gómez Barajas y el poemario Comité de sueños, Marie Curie en un poema de la omnipresente Adrienne Rich, poeta de cabecera de la autora de los textos aquí reseñados, y una elección que indica el valor combativo de Marisol Sánchez Gómez. Este libro es una como una casa con muchas ventanas y puertas. La autora nos invita al interior de su casa, a su mundo más íntimo y fecundo, y nos abre puertas y ventanas a lugares recónditos e insospechados. Lugares donde por nosotros mismos quizás no hubiésemos llegado nunca. Y nos habla del valor de la cultura para convertirnos en personas que aman y piensan por sí mismas y no seres con miedo que repiten patrones aprendidos y socialmente repetidos de padres a hijos o quizás de madres a hijos y solamente rompiendo estos patrones es posible cambiar la estructura de una sociedad anacrónica. Por supuesto la parte que más me gusta del libro es la IV. Leemos, miramos.  El título ya no sugiere que la lectura es una manera de mirar al mundo y que quien lee mira a la sociedad de otra manera y puede empezar a ejercer la disidencia intelectual. El libro acaba con una fotografía icónica de “El pequeño jinete de Artemisión” que es en sí misma una metáfora de la vida, del hombre en la vida. La vida es un caballo  enorme e ingobernable y nosotros solo somos pequeños jinetes que intentamos que el mundo se adapte a nuestra voluntad y nuestros deseos.  Un empeño destinado al fracaso y del que no se sale indemne. Bajo la foto una sola frase: “A veces la vida se maneja con enorme dificultad”.  Puedo asegurar que quien lea este “Box8: contra el silencio, obstinadamente” escrito con lucidez y elegancia  por  una mujer blanca, occidental, feminista y con estudios universitarios podrá manejar e interpretar el mundo actual en que vivimos de una manera mucho más sabia, critica e inteligentemente.

domingo, 23 de octubre de 2016

PARADISE NOW RAMÓN BASCUÑANA




 Mi contribución al Nº 6 de la REVISTA LA GALLA CIENCIA.

AUTOBIOGRAFIA ÉDOUARD LEVÉ



AUTORRETRATO  de Édouard Levé [Neully-sur-Seine, 1965-París, 2007] es un libro breve, pero a la vez inmenso. Un libro que es la vida porque en el cabe la vida entera en sus apenas 99 páginas; la vida de un hombre, de un artista -pintor, fotógrafo, escritor-, que resumen en sí misma todas las vidas, porque mientras vivimos nosotros somos el centro del mundo. O sea, que el mundo no es si nosotros no somos. Nuestra soledad es la soledad del mundo. La obra se publicó en 2005. Y aunque existe otra versión en castellano, ahora la rescata Eterna Cadencia editora desde Argentina. Hay que leer a Levé porque leer a Levé es leer la vida en estado puro.  La obra nos vende lo que su título indica; un autorretrato a golpe de cincel. Nada de pinceladas leves o brochazos. No es un autorretrato pictórico sino más bien escultórico, en tres dimensiones y con talla a medio desbastar. Un autorretrato con impurezas que no obvia los aspectos negativos ni los defectos. En estas pocas páginas cabe la vida entera aunque no lo parezca. Lo físico y lo sentimental, lo psicológico y lo patológico, las luces y las sombras, los aforismos y las anécdotas; descripción, narración, deportes, gustos cinematográficos y musicales, amores y desamores, sexo, manías, neuras. No hay ninguna regla, no hay ningún plan, solo la libertad del autor que encadena en plano fijo y sin cortes ni puntos y aparte palabras y frases en un continuo literario que desemboca en un punto final precedido de una frase terrible y magnífica: El día más hermoso de mi vida quizás ya pasó.  Quizás el día más hermoso de nuestras vidas haya pasado ya para muchos, pero la mayoría se empeña en vivir como si todavía estuviese por llegar. Vivimos con la esperanza en el día más hermoso y perseveramos en el engaño porque de lo contrario nos pegaríamos un tiro o saltaríamos por el balcón. Levé lo hizo, se suicidó ahorcándose a los 42 años después de entregar el manuscrito de su obra póstuma: "Suicidio" a su editor. No era un amargado, si uno lee su Autobiografía que es este Autorretrato comprende que amaba la vida aunque la vida le decepcionara o le aburriera a partes iguales. A veces la vida no merece la pena o no merece casi la pena aunque políticos, normas sociales y religiosas, y fuerzas vivas se empeñen en mantenernos con vida. Levé vivió plenamente mientras vivió. El resto no es silencio sino ética y su "Autorretrato" donde podemos revivirlo en cada frase. Existen obras donde uno comprende al ser humano y son ese tipo de obras de las que uno normalmente no sale indemne. Casi siempre de trata de poesía, pero de vez en cuando, hay textos inclasificables de los cuales tampoco se sale indemne. Este es uno de ellos. "Un sábado del mes de agosto sales de tu casa vestido  para jugar al tenis y acompañado por tu mujer. En medio del jardín le haces saber que se te ha olvidado la raqueta en casa. Vuelves a por ella pero, en vez de encaminarte hacia el armario de la entrada donde sueles guardarla, bajas al sótano. Tu mujer no lo ve, se ha quedado fuera, hace buen tiempo, disfruta del sol. Unos instantes después oye la descarga de un arma de fuego. Corre hacia el interior de la casa, grita tu nombre, se da cuenta de que la puerta de la escalera que da al sótano está abierta, la baja y te encuentra allí. Te has pegado un tiro en la cabeza con la escopeta que habías preparado cuidadosamente". Con este mismo fragmento que aparece en Autorretrato comienza "Suicidio". Es uno de esos fragmentos que corta la respiración y nos muestra eso que Joseph Conrad intentó mostrarnos en "El corazón de las tinieblas" : Es imposible transmitir la impresión que la vida produce en una época determinada de la propia existencia; lo que constituye su verdad, su significado, su sutil y penetrante esencia. Es imposible. Vivimos como soñamos...solos. Y yo añado que morimos como vivimos, solos. Édouard Levé, lo corrobora.

sábado, 15 de octubre de 2016

LAS EXPLORACIONES MANUEL GARCÍA PÉREZ



Siempre he sentido fascinación por la distancia que separa al poeta del poema. Quiero decir, que muchas veces he leído los poemas de un  autor sin conocer su imagen física y luego al buscar una imagen del autor para fijar el poema con el poeta se han producido curiosas disonancias. Un ejemplo: T.S. Eliot y La tierra baldía.  Digo esto a raíz de la  publicación y  lectura del segundo poemario de Manuel García Pérez [Orihuela, 1976] "Las exploraciones". Un poemario de tierra, fuego y agua que en algunos momentos corta la respiración por su crudeza. [ La escritura que me pertenece recuerda físicamente el cadáver, el cuerpo ungido para su desaparición a causa de la enfermedad o la violencia...] Y de la afirmación de su crudeza nace el contraste entre poesía y poeta. Porque Manuel da una imagen de hombre grande, bondadoso, afable, paternal y sociable, que esconde dentro, si nos fiamos de la lectura de sus poemas un mundo interior turbio, oscuro y ominoso. Si para algo sirve la poesía es para exteriorizar nuestros demonios autodestructivos, para ser nosotros mismos, aunque sea a través de una impostura perfectamente controlada. Y ya se sabe que toda mentira es una verdad equivocada. Los apenas veintisiete poemas divididos en cuatro bloques que conforman "Las exploraciones" nos dan una visión aterradora del ser humano. Y esa visión está dentro del alma del poeta que los ha soñado y escrito. Aunque en los poemas solo atisbemos las grietas del dolor y la culpa que impregnan los versos. Leer "Las exploraciones" es como contemplar la belleza de una ciénaga e intuir el peligro que late tras esa belleza malsana. Es como atravesar una pesadilla poblada de espectros. Así son los poemas que ha escrito Manuel García Pérez bellos como la manzana envenenada del cuento y con el agravante de las larvas del gusano que anidan en su interior. Porque el tema central de este poemario es la Muerte. Sí, la Muerte con mayúsculas. Y todas sus derivadas: la ausencia, el crimen, el asesinato, el mal, el hombre y su instinto animal. [ Asesinamos porque se aprende inmediatamente  y parece puro ] El asesinato y la pureza. El asesinato como una de las bellas artes. La poesía como crimen. A pesar de las dos citas de Ernesto Sábato la primera impresión que he tenido nada más leer el poemario es que está profundamente emparentado con otro autor sudamericano: Juan Rulfo y El llano en llamas. El paisaje que describen estos poemas narrativos donde las elipsis son tan importantes como los versos se asemeja mucho al paisaje  seco y árido de Comala y a su gente miserable y silenciosa. Es solo una impresión, pero yo siempre me fío de las primeras impresiones. Este es un poemario  de madres e hijos [ A sus hijos arrastran las madres / hasta el río y los entregan. ] Un poemario donde  [ los hijos que respiran el polvo //... aborrecen a sus madres ] Un poemario donde nos encontramos con  ausentes,  perros,  mendigos, enmudecidos, hombres rudos,  mujeres que esperan,  cazadores, misioneras,  inocentes. Hay un tono fatalista, ritual y premonitorio. [ El ejecutor / susurra antes del primer disparo. ] El paisaje se transforma lentamente en una enfermedad. La tierra blanda exuda oxido. La luz se gangrena en los olivos. En los calveros se sumergen yeguas enfermas. Hay peces muertos en las orillas fangosas. Las casas están calcinadas y los huertos expoliados. La luz nunca escapará de los bancales. En este paisaje suceden los hechos, que como en todo poema que se precie, tienden más a la oscuridad de los signos que a la claridad del mensaje. [ Los signos / residen ahora en el barro, / son heridas frescas y vivas, / sangran en la luz. ] Una luz de donde son extirpados los que anhelan contar las cicatrices. Todo el poemario remite a un espacio mítico y místico, a la culpa y a la condena que anida en todo ser humano sea hombre o mujer. El lenguaje no sirve para otra cosa que para cavar la fosa donde enterrar a los muertos, a los ahogados, a los que son ofrecidos como ofrenda al tótem que levantaron los hombres dignos. [ La escritura es una forma de excavar...] Y en "Las exploraciones" Manuel García Pérez   con palabras precisas muy de la tierra en la que vive - azadas, costal, bancales, calima, matorral, acequia, barrancos, aljibes, grama, agrillo, linde, estiércol, larvas-, ha levantado un espacio poético donde como en todo buen poemario [ No queda otra cosa que lo oculto / y lo oculto es la espina.] Frente a tanta poesía del fulgor y la rosa, Manuel García elije la tiniebla y la espina; lo bello y lo siniestro.

HISTORIA DE UNA PASIÓN TERENCE DAVIES


Qué absurda idea la de traducir los títulos de las películas cuando nos viene bien y no traducirlos cuando nos viene mal o queremos confundir la personal. La mayor parte de las películas de Terence Davies se han estrenado con los títulos sin traducir. Es un  cineasta minoritario y exquisito, a quién le importa cómo se titulen sus películas o si se estrenan con el titulo traducido o no. Los fieles a Davies irán a verlas igual, lo que no conocen a director pasaran de largo. Pero esta vez han decidido traducir "A Quiet Passion" el fascinante biopic  y drama sobre la poeta Emily Dickinson por "Historia de una pasión", a  ver si se confunde por ejemplo con "Diario de una pasión" y el público poco atento y despistado acude al cine en masa a verla. Lo cierto es que "A Quiet Passion", me niego a traducir el título, es un espectáculo cinematográfico que solo gustará a los amantes de la poeta nacida y muerta en Amherst y a fieles seguidores de Davies. Davies Es lo que se dice un director con estilo y lo aplica a cualquier obra que filme. Si había dos personajes destinados a encontrarse estos eran Emily Dickinson [Amherst 1830-1856] y Terence Davies [Kensington, 1945] Una poeta apasionada y silenciosa y un cineasta lento y puntilloso que apenas ha rodado media docena de películas en 30 años, desde "Distance Voices" [1987] pasando por The Long Day Closes [1992]  y The Deep Blue Sea [2011] a la que nos ocupa. Aquí el estilo moroso y estático se adapta a la perfección al personaje. Planos frontales, sin apenas movimientos de cámara - cuando los hay son suntuosos y significativos-,  interiores iluminados como si fuesen cuadros de época, rigor y severidad, diálogos, en cambio, brillantes y afilados, casi aforismos,  poemas recitados en momentos puntuales, canciones -norma de la casa-, y algunas secuencias de estremecedora belleza y brutalidad. La muerte de la madre, el ataque que sufre la poeta al comienzo de su enfermedad, esos planos donde los protagonistas envejecen delante de la cámara mientas son fotografiados. Uno no ha vivido en el siglo XIX, pero al ver "A Quiet Passion" puede sentir lo terrible que fue esa época incluso para un personaje de clase media como era Emily Dickinson. Davies no nos la presenta como una feminista avant la lettre - se agradece-, sino que la singulariza como un personaje que posiblemente hubiese sido igual de incómodo actualmente. La persona que conoce su valía, aunque a veces dude, y se niega a claudicar ante la sociedad que intenta anularla. Dickinson prefirió ser poeta, o sea, la esencia de su ser, lo que la salvaba de la rutina y la vulgaridad de una vida "como debe ser", a convertirse en una madre y esposa atada a un hombre. No renunció a nada porque su mundo interior era todo su mundo. Uno puede vivir dentro de uno mismo y alcanzar la plenitud. Uno solo debe elegir el espacio del mundo donde desea ser uno mismo. Entonces renunciar a todo lo demás es fácil. Y eso lo capta muy bien Terence Davies. Como capta muy bien los matices de la relación de la protagonista con sus padres y con sus hermano; unas relaciones repletas de matices. Hay mucho de Bergman en determinados instantes de "A Quiet Passion" y también de Carl Theodor Dreyer.  Y luego está la luz, la importancia de la religión aunque la poeta no pisase una iglesia, y la música: Beethoven, Shubert, Bellini, Chopin, y Cynthia Nixon y esas respuestas como que nadie es quien para poner las manos sobre el poema de un poeta salvo el propio poeta y los poemas de Dickinson recitados como contrapunto en determinadas escenas que las amplían hasta concederles una trascendía espiritual que no tendrían sin los versos que las puntean. Yo he pasado dos horas en el siglo XIX, encerrado entre los muros de la vida que fue todas las vida. Como escribió la poeta: "Morir no duele mucho: nos duele más la vida." El único inconveniente que no la pude ver en versión original.  Cosas de vivir en provincias.