
Las ferias del libro antiguo o del libro de ocasión sirven para algo; sirven para rescatar del olvido libros
dificiles de encontrar. Es lo que me ha ocurrido con una novela de la escritora argentina Ana María
Shua [Buenos Aires, 1951]. Aunque es más conocida por su libros de relatos breves, o por su libros infantiles,
Shua es también autora de otras tres novelas que desconozco "Soy paciente" [1980], "Los amores de
Laurita" [1989] y "El libro de los recuerdos" [1999], y de la novela de la que hablo, que es la cuarta de las suyas y tiene un título que me encanta "La muerte como efecto secundario" [2002, Editorial Sudamericana]. No se trata de una novela fácil, a pesar de ser una novela lineal y contada en forma de cartas que nunca serán enviadas a un personaje femenino que por su ausencia queda retratado por defecto. Pero si la historia de amor del protagonista
Ernesto K
ollody es importante para el desarrollo de la trama, lo que de verdad importa es la historia de la relación entre ese hijo que no termina de madurar y ese padre moribundo que no termina de morirse. Hay una relación paradójica de amor y odio y culpa. Vivimos en una
utopía; en un futuro más posible de lo que parece. Un futuro donde el dinero es fundamental, donde los viejos enfermos son apartados de la sociedad en las
irónicamente denominadas Casas de Recuperación y donde la violencia, la soledad y el desarraigo están a la orden del día.
Shua juega con la ironía. Una ironía cruel. El protagonista sobrevive maquillando muertos para que recuperen el aspecto que tenían cuando estaban vivos, y
maquillando viejos para que
parezcan jóvenes. La
insatisfacción es la norma. Hay algo alucinado en la lectura de estas páginas. Algo triste y devastador. El final no me convence del todo. No me parece a la altura del resto del relato, pero uno
disfruta de cada una de las frases del libro. De vez en cuando hay deslizamientos hacia la poesía. De vez en cuando una frase brilla como un
relámpago: "
Cuando se persiste en vivir más allá de ciertas fronteras, no suelen quedar amigos con los que celebrar el triunfo"; "El teléfono me despertó
como si gritara"; " Nadie puede humillarte como tus padres"; "Cada uno de nosotros es el centro de su propio universo"; "La locura se parece a la muerte". Las sugerencias de esta novela son múltiples. Es un universo cerrado y como tal remite a otros universos cerrados. La propia autora en un pasaje del final rememora otros universos similares y un breve homenaje a la literatura, que no nos salva de nada, pero nos salva de casi todo: "Con un optimismo que el tiempo ha vuelto absurdo,
Bradbury anticipó, en
Farenheit 451, un mundo en el que
había sido necesario prohibir la literatura para que desaparecieran sus lectores. Ese mismo optimismo lo
llevó a imaginar una comunidad marginal de lectores memoriosos, convertidos en libros vivientes, como una suerte de paraíso para personas buenas, inteligentes, sensibles y generosas. La loca ilusión de que los buenos lectores son mejores que el resto de los seres humanos". La literatura siempre es un paraíso, aunque los buenos lectores no sean mejores que el resto de los seres humanos, pero seguramente siempre serán más inteligentes, sensibles y generosos.
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