Mi contribución al Nº 6 de la REVISTA LA GALLA CIENCIA.
domingo, 23 de octubre de 2016
AUTOBIOGRAFIA ÉDOUARD LEVÉ
AUTORRETRATO de Édouard Levé [Neully-sur-Seine, 1965-París, 2007] es un libro breve, pero a la vez inmenso. Un libro que es la vida porque en el cabe la vida entera en sus apenas 99 páginas; la vida de un hombre, de un artista -pintor, fotógrafo, escritor-, que resumen en sí misma todas las vidas, porque mientras vivimos nosotros somos el centro del mundo. O sea, que el mundo no es si nosotros no somos. Nuestra soledad es la soledad del mundo. La obra se publicó en 2005. Y aunque existe otra versión en castellano, ahora la rescata Eterna Cadencia editora desde Argentina. Hay que leer a Levé porque leer a Levé es leer la vida en estado puro. La obra nos vende lo que su título indica; un autorretrato a golpe de cincel. Nada de pinceladas leves o brochazos. No es un autorretrato pictórico sino más bien escultórico, en tres dimensiones y con talla a medio desbastar. Un autorretrato con impurezas que no obvia los aspectos negativos ni los defectos. En estas pocas páginas cabe la vida entera aunque no lo parezca. Lo físico y lo sentimental, lo psicológico y lo patológico, las luces y las sombras, los aforismos y las anécdotas; descripción, narración, deportes, gustos cinematográficos y musicales, amores y desamores, sexo, manías, neuras. No hay ninguna regla, no hay ningún plan, solo la libertad del autor que encadena en plano fijo y sin cortes ni puntos y aparte palabras y frases en un continuo literario que desemboca en un punto final precedido de una frase terrible y magnífica: El día más hermoso de mi vida quizás ya pasó. Quizás el día más hermoso de nuestras vidas haya pasado ya para muchos, pero la mayoría se empeña en vivir como si todavía estuviese por llegar. Vivimos con la esperanza en el día más hermoso y perseveramos en el engaño porque de lo contrario nos pegaríamos un tiro o saltaríamos por el balcón. Levé lo hizo, se suicidó ahorcándose a los 42 años después de entregar el manuscrito de su obra póstuma: "Suicidio" a su editor. No era un amargado, si uno lee su Autobiografía que es este Autorretrato comprende que amaba la vida aunque la vida le decepcionara o le aburriera a partes iguales. A veces la vida no merece la pena o no merece casi la pena aunque políticos, normas sociales y religiosas, y fuerzas vivas se empeñen en mantenernos con vida. Levé vivió plenamente mientras vivió. El resto no es silencio sino ética y su "Autorretrato" donde podemos revivirlo en cada frase. Existen obras donde uno comprende al ser humano y son ese tipo de obras de las que uno normalmente no sale indemne. Casi siempre de trata de poesía, pero de vez en cuando, hay textos inclasificables de los cuales tampoco se sale indemne. Este es uno de ellos. "Un sábado del mes de agosto sales de tu casa vestido para jugar al tenis y acompañado por tu mujer. En medio
del jardín le haces saber que se te ha olvidado la raqueta
en casa. Vuelves a por ella pero, en vez de encaminarte
hacia el armario de la entrada donde sueles guardarla,
bajas al sótano. Tu mujer no lo ve, se ha quedado fuera,
hace buen tiempo, disfruta del sol. Unos instantes después
oye la descarga de un arma de fuego. Corre hacia
el interior de la casa, grita tu nombre, se da cuenta de
que la puerta de la escalera que da al sótano está abierta,
la baja y te encuentra allí. Te has pegado un tiro en la
cabeza con la escopeta que habías preparado cuidadosamente". Con este mismo fragmento que aparece en Autorretrato comienza "Suicidio". Es uno de esos fragmentos que corta la respiración y nos muestra eso que Joseph Conrad intentó mostrarnos en "El corazón de las tinieblas" : Es imposible transmitir la impresión que la vida produce en una época determinada de la propia existencia; lo que constituye su verdad, su significado, su sutil y penetrante esencia. Es imposible. Vivimos como soñamos...solos. Y yo añado que morimos como vivimos, solos. Édouard Levé, lo corrobora.
sábado, 15 de octubre de 2016
LAS EXPLORACIONES MANUEL GARCÍA PÉREZ
Siempre he sentido fascinación por la distancia que separa al poeta del poema. Quiero
decir, que muchas veces he leído los poemas de un autor sin conocer su
imagen física y luego al buscar una imagen del autor para fijar el poema con el
poeta se han producido curiosas disonancias. Un ejemplo: T.S. Eliot y La tierra
baldía. Digo esto a raíz de la publicación y lectura del
segundo poemario de Manuel García Pérez [Orihuela, 1976] "Las exploraciones". Un poemario de tierra, fuego y agua que en algunos momentos corta la respiración
por su crudeza. [ La escritura que me pertenece
recuerda físicamente el cadáver, el cuerpo ungido para su
desaparición a causa de la enfermedad o la violencia...] Y de la afirmación de su crudeza nace el contraste
entre poesía y poeta. Porque Manuel da una imagen de hombre grande, bondadoso,
afable, paternal y sociable, que esconde dentro, si nos fiamos de la lectura de
sus poemas un mundo interior turbio, oscuro y ominoso. Si para algo sirve la
poesía es para exteriorizar nuestros demonios autodestructivos, para ser
nosotros mismos, aunque sea a través de una impostura perfectamente controlada.
Y ya se sabe que toda mentira es una verdad equivocada. Los apenas veintisiete
poemas divididos en cuatro bloques que conforman "Las exploraciones"
nos dan una visión aterradora del ser humano. Y esa visión está dentro del alma
del poeta que los ha soñado y escrito. Aunque en los poemas solo atisbemos las
grietas del dolor y la culpa que impregnan los versos. Leer "Las
exploraciones" es como contemplar la belleza de una ciénaga e intuir el
peligro que late tras esa belleza malsana. Es como atravesar una pesadilla
poblada de espectros. Así son los poemas que ha escrito Manuel García Pérez bellos como la manzana envenenada del cuento y con el agravante de
las larvas del gusano que anidan en su interior. Porque el tema central de este poemario es la Muerte. Sí, la Muerte con mayúsculas. Y todas sus derivadas:
la ausencia, el crimen, el asesinato, el mal, el hombre y su instinto animal. [ Asesinamos porque se aprende inmediatamente y parece puro ] El
asesinato y la pureza. El asesinato como una de las bellas artes. La poesía
como crimen. A pesar de las dos citas de Ernesto Sábato la primera impresión que he tenido nada más leer el poemario es que está profundamente emparentado con otro autor sudamericano: Juan Rulfo y El llano en llamas. El paisaje que describen estos poemas
narrativos donde las elipsis son tan importantes como los versos se asemeja mucho al paisaje
seco y árido de Comala y a su gente miserable y silenciosa. Es solo una impresión, pero yo
siempre me fío de las primeras impresiones. Este es un poemario de madres e
hijos [ A sus hijos arrastran las madres / hasta el río y los entregan. ] Un poemario donde [ los hijos que
respiran el polvo //... aborrecen a sus madres ] Un poemario donde nos encontramos con ausentes, perros,
mendigos, enmudecidos, hombres rudos, mujeres que esperan,
cazadores, misioneras, inocentes. Hay un tono fatalista, ritual y
premonitorio. [ El ejecutor / susurra antes del primer disparo. ] El
paisaje se transforma lentamente en una enfermedad. La tierra blanda exuda
oxido. La luz se gangrena en los olivos. En los calveros se sumergen yeguas
enfermas. Hay peces muertos en las orillas fangosas. Las casas están calcinadas
y los huertos expoliados. La luz nunca escapará de los bancales. En este
paisaje suceden los hechos, que como en todo poema que se precie, tienden más a
la oscuridad de los signos que a la claridad del mensaje. [ Los signos / residen ahora en
el barro, / son heridas frescas y vivas, / sangran en la luz. ] Una luz
de donde son extirpados los que anhelan contar las cicatrices. Todo el poemario remite a un espacio mítico y místico, a la culpa y a la condena que
anida en todo ser humano sea hombre o mujer. El lenguaje no sirve para otra
cosa que para cavar la fosa donde enterrar a los muertos, a los ahogados, a los
que son ofrecidos como ofrenda al tótem que levantaron los hombres dignos. [ La escritura es una forma de excavar...] Y en
"Las exploraciones" Manuel García Pérez con palabras precisas muy de la tierra en la que vive -
azadas, costal, bancales, calima, matorral, acequia, barrancos, aljibes, grama, agrillo, linde, estiércol,
larvas-, ha levantado un espacio poético donde como en todo buen poemario [ No queda otra cosa que lo oculto / y lo oculto es la espina.] Frente a tanta poesía del fulgor y la rosa, Manuel García elije la tiniebla y la espina; lo bello y lo siniestro.
HISTORIA DE UNA PASIÓN TERENCE DAVIES
Qué absurda idea la de traducir los títulos de las películas cuando nos viene bien y no traducirlos cuando nos viene mal o queremos confundir la personal. La mayor parte de las películas de Terence Davies se han estrenado con los títulos sin traducir. Es un cineasta minoritario y exquisito, a quién le importa cómo se titulen sus películas o si se estrenan con el titulo traducido o no. Los fieles a Davies irán a verlas igual, lo que no conocen a director pasaran de largo. Pero esta vez han decidido traducir "A Quiet Passion" el fascinante biopic y drama sobre la poeta Emily Dickinson por "Historia de una pasión", a ver si se confunde por ejemplo con "Diario de una pasión" y el público poco atento y despistado acude al cine en masa a verla. Lo cierto es que "A Quiet Passion", me niego a traducir el título, es un espectáculo cinematográfico que solo gustará a los amantes de la poeta nacida y muerta en Amherst y a fieles seguidores de Davies. Davies Es lo que se dice un director con estilo y lo aplica a cualquier obra que filme. Si había dos personajes destinados a encontrarse estos eran Emily Dickinson [Amherst 1830-1856] y Terence Davies [Kensington, 1945] Una poeta apasionada y silenciosa y un cineasta lento y puntilloso que apenas ha rodado media docena de películas en 30 años, desde "Distance Voices" [1987] pasando por The Long Day Closes [1992] y The Deep Blue Sea [2011] a la que nos ocupa. Aquí el estilo moroso y estático se adapta a la perfección al personaje. Planos frontales, sin apenas movimientos de cámara - cuando los hay son suntuosos y significativos-, interiores iluminados como si fuesen cuadros de época, rigor y severidad, diálogos, en cambio, brillantes y afilados, casi aforismos, poemas recitados en momentos puntuales, canciones -norma de la casa-, y algunas secuencias de estremecedora belleza y brutalidad. La muerte de la madre, el ataque que sufre la poeta al comienzo de su enfermedad, esos planos donde los protagonistas envejecen delante de la cámara mientas son fotografiados. Uno no ha vivido en el siglo XIX, pero al ver "A Quiet Passion" puede sentir lo terrible que fue esa época incluso para un personaje de clase media como era Emily Dickinson. Davies no nos la presenta como una feminista avant la lettre - se agradece-, sino que la singulariza como un personaje que posiblemente hubiese sido igual de incómodo actualmente. La persona que conoce su valía, aunque a veces dude, y se niega a claudicar ante la sociedad que intenta anularla. Dickinson prefirió ser poeta, o sea, la esencia de su ser, lo que la salvaba de la rutina y la vulgaridad de una vida "como debe ser", a convertirse en una madre y esposa atada a un hombre. No renunció a nada porque su mundo interior era todo su mundo. Uno puede vivir dentro de uno mismo y alcanzar la plenitud. Uno solo debe elegir el espacio del mundo donde desea ser uno mismo. Entonces renunciar a todo lo demás es fácil. Y eso lo capta muy bien Terence Davies. Como capta muy bien los matices de la relación de la protagonista con sus padres y con sus hermano; unas relaciones repletas de matices. Hay mucho de Bergman en determinados instantes de "A Quiet Passion" y también de Carl Theodor Dreyer. Y luego está la luz, la importancia de la religión aunque la poeta no pisase una iglesia, y la música: Beethoven, Shubert, Bellini, Chopin, y Cynthia Nixon y esas respuestas como que nadie es quien para poner las manos sobre el poema de un poeta salvo el propio poeta y los poemas de Dickinson recitados como contrapunto en determinadas escenas que las amplían hasta concederles una trascendía espiritual que no tendrían sin los versos que las puntean. Yo he pasado dos horas en el siglo XIX, encerrado entre los muros de la vida que fue todas las vida. Como escribió la poeta: "Morir no duele mucho: nos duele más la vida." El único inconveniente que no la pude ver en versión original. Cosas de vivir en provincias.
sábado, 24 de septiembre de 2016
EN MI CUARTO, GUILLAUME DUSTAN
Hay libros terribles y fascinantes. "En mi cuarto" de Guillaume Dustan, alias de William Baranès [París, 1965, París, 2005], publicado en 1996 en Francia y en 2005 en España y reeditado ahora por Penguin Random House, es uno de ellos. Podría jugar a decir que es un libro terriblemente fascinante o fascinantemente terrible. Lo que para algunos lectores resultará fascinante, a otros les horrorizará. Hay lectores para todo. Todavía vivimos en una sociedad que por muy moderna que parezca no lo es y donde el paternalismo, el machismo, la religión, los atavismos de todo tipo, la hipocresía, la censura propia y ajena y otras lacras sociales impiden el desarrollo de la libertad individual cuando la libertad individual se sale de la norma establecida por los que establecen la normas sociales. Todos los perros tienen que ser el mismo perro y todos los esclavos tienen que poseer los mismos derechos. Uno no puede salirse de la manada, sobresalir, moverse en la foto. Dustan, que estudió para incorporarse a la Administración de Justicia descubre en 1990 a los veinticinco años que es seropositivo y seis años después publica "Dans ma chambre" en la que un personaje que se llama como él, en primera persona , nos desgrana como dice la frase hecha " con todo lujo de detalles" su intensa vida sexual. Añadir adjetivos al tipo de vida sexual que llevaba el protagonista de esta novela de autoficción sería empezar a censurarla. Y uno debe acercarse a "En mi cuarto" con mentalidad abierta. Será autoficción, pero es literatura. Importa el texto, da igual que nos hable de un hombre que se despierta un día convertido en una cucaracha que de un hombre que se droga todas las noches y se deja penetrar por desconocidos en locales de ambiente o dedica dos páginas a explicarnos como ser sodomizado con un consolador. Alguien podría pensar que es un libro para ser leído con una sola mano, pero nada más lejos de la realidad. En apenas 125 páginas, el autor nos resume su relación son su último amante. Y también con los anteriores y con todos los tipos de una noche que pasan por su cama. Sexo, drogas, alcohol y música. Nada parece importar al personaje fuera de esas cuatro coordenada. Sabemos que está enfermo, pero apenas hay algunos detalles, sabemos que trabaja, pero poco más, sabemos que tiene padres y una abuela, pero no es importante. Lo importante es con quién folla y lo que compra para comer o para cenar, lo importante es que vive "en un mundo maravilloso donde todo se han acostado con todos...En este mundo todos han follado por lo menos con quinientos tíos, por lo demás, la mayoría los mismos. Los tíos que figuran. Pero los círculos no se solapan. Hay tíos de bar. De discoteca. De Bares-discoteca. De sauna. De contactos....Rubios, Cachas. De sexo duro. De sexo clásico. Se puede escoger. Múltiples elecciones. Y nadie espera fundar una familia." De ese mundo nos habla Dustan con un estilo seco y conciso. Con capítulos cortos, cincelados con mano firme. Sabe lo que nos que nos quiere contar. Y nos lo cuenta. Y lo hace de la forma más cruda e impactante posible. La mayoría de los capítulos empiezan con una frase o contienen algún párrafo del tipo: "Me hice una paja mirando a Eric Manchester en plena acción..."; "Sábado por la noche. Estamos en pelotas en la cama..."; "Penetro por delante, no va mal, él está un poco tenso, apenas piensa en trabajarme los pezones...". Pero superado el primer impacto, aceptada la propuesta, página a página Dustan nos cuenta la historia de un ser humano y cada ser humano es en sí mismo la humanidad entera. Todos somos un poco el protagonista de esta novela que afirma que " Todos los maricones con los que me relaciono hacen pesas. Si no natación. Casi todos son seropositivos. Es increíble lo que duran. Siguen saliendo. Siguen follando. Hay muchísimos que contagian cosas, meningitis, diarreas, un zoster, un kaposi, una neumocistosis. Y después van bien. Algunos están solo un poco más flacos..." Un mundo cerrado aunque parezca un mundo infinito. Un microcosmos que en el fondo es una metáfora del mundo en general, de la vida y la muerte. El protagonista de "En mi cuarto", que también se podría haber titulado " En el gueto ", siente el aliento de la muerte, pero sigue intentando vivir como si tal cosa. Como todos nosotros que comenzamos a morir en el mismo instante en el cual comenzamos a vivir. Vida y muerte juntas desde el primer momento. La vida es eso. De eso nos habla Dustan, de la vida, aunque nos hable solo de sexo y también, por qué no, nos habla de la esperanza. "Me pregunto si es siniestro o si está bien. Pienso en lo que Jeanne Moreau le dice a su sobrina en una película americana en la que se la ve vieja y extravagante. Le dice No, no creo que seas estúpida. Creo que has perdido la esperanza. No se debería hacer nada. Absolutamente nada. Esperar a que vuelva la esperanza. Como si se estuviera segura de que eso vuelve siempre". Una novela que al final deja entre la manos no una mancha húmeda y viscosa sino un rastro de tristeza y desolación envuelto entre el fulgor de la carne y el deseo.
domingo, 18 de septiembre de 2016
CUERPO Y ALMA.
Para Sara y Carmen
Vivimos en un país de mediocres y de cobardes. Y eso se refiere tanto a los empresarios y emprendedores como a los políticos y a otros muchos ámbitos, incluidos los literarios. Así nos va. He dudado mucho sobre como titular este post. Pensaba titularlo La mediocridad de los emprendedores. Luego opté por centrarme en las víctimas y titularlo El factor humano, pero al final me he decantado por un título más genérico, por una metáfora más abierta y se ha quedado en Cuerpo y alma. Es un post difícilmente comprensible para quien no habite en la ciudad de Alicante y conozca su paupérrima vida cultural y la escasez de locales donde comprar libros y hacer presentaciones. Eso que vulgarmente se denomina librería, establecimiento comercial cuyo principal producto a la venta son los libros. Claro que una librería no es solo el local físico donde se ubica, por muy hermoso que sea el local y por excelente que sea la cantidad de libros que posea. No, una librería es algo más que eso, mucho más que eso; infinitamente más. Es como los castillos encantados. Qué distingue a un castillo de un castillo encantado. Pues el fantasma que lo habita. Si deshacemos el encantamiento, el castillo encantado se queda en simple castillo. Un castillo más. Uno más. Es como lo del rey desnudo. Un rey desnudo deja de ser un rey para convertirse en un simple ser humano. Y de repente nos hemos encontrado con la desagradable sorpresa de que una librería que significaba mucho para muchas personas que acudían a ella no por ser un local vistoso, razonable y acogedor del lugar sino por la calidad humana, la bondad, la sabiduría personal, la belleza interior, los consejos, el esfuerzo, enorme esfuerzo, pues se pasaban media vida allí, el detalle en la atención, la familiaridad en el trato y esa calidez íntima e intransferible que hace que una persona deje de ser un vendedor profesional de libros o de lo que sea, aunque en el fondo lo siga siendo, pues vive de eso, para convertirse en un amigo, en un confidente, en tu psicólogo de urgencia. Todo eso se ha perdido y nos sentimos huérfanos y profundamente afectados en lo personal. No, la amistad no la perderemos. La amistad cuando surge del amor a los libros y a la literatura es para siempre o no es. Y alguien dirá que un empresario puede despedir a sus empleados, ya que la empresa es suya, y aquí paz y gloria. Sucede todos los días y seguirá sucediendo. Pero las formas importan. Las formas importan porque son la base de la civilización. Y por supuesto que un empresario al que le vayan bien los negocios en el sector de la cría de ganado porcino y que siente debilidad por el alcohol y los cócteles, por ejemplo, está en todo su derecho de montar una coctelera y poner al frente de ella a quien desee y despedirlo cuando le parezca. Y también es posible que un empresario pudiente que se dedique a la cría de avestruces o al cultivo intensivo de brócoli, por poner otro ejemplo, sea un amante de la literatura y monte una librería y le ponga el nombre de su escritor favorito y coloque al frente de ella a quien le venga en gana y lo despida cuando le de la gana. Faltaría más. La empresa es suya. Como los escaños de los senadores. Y perdón por la salida de tono. Pero lo que no es de recibo es mandar a tus empleados de vacaciones y cuando todavía no han terminado de aterrizar, despedirlos con quince días de aviso y comunicarles el despido por email. A eso es a lo que yo llamo ser un empresario mediocre y cobarde. Claro que en este caso mucho me temo que en el pecado lleva la penitencia. Y que no ha perdido solo dos empleados modélicos que se dejaban la piel por el negocio sino un sinfín de clientes que pasaban por la librería para saludar, conversar un rato, ver las últimas novedades, encargar algún libro poco accesible y sentir que estaban en una librería y no en un antro con libros donde unos empleados impersonales y anónimos les manufacturaban el libro de moda. Todo eso se ha perdido. Se ha perdido la magia, pero quedan la amistad y los vínculos. Al empresario que le vaya bonito si es posible, porque no es cuestión de perder puntos de lectura y cultura, y quizás haya otros compradores y lectores que hagan suya la librería, aunque nos temamos lo peor. Algunos hemos decidido exiliarnos y no volver a pisar, ese lugar donde durante un tiempo fuimos felices, muy felices. No por el lugar en sí sino por su habitantes.Un poeta escribió que es mejor no volver a los lugares donde se ha sido feliz. Buscaremos otras islas. Y es que como los castillos encantados cuando pierden a su fantasma, una librería que pierde su alma, acaba convertida en un simple cuerpo inerte. Y el alma de aquel paraíso de papel y poesía era un alma doble. Ya sin alma, queda el cadáver.
sábado, 3 de septiembre de 2016
BEN HUR TIMUR BEKMANBETOV
Hay estrenos de películas que nos hacen añorar el pasado. El estreno de Ben Hur dirigida por Timur Bekmanbetov es uno de ellos. Acudí ayer arrastrado de buen grado o podría decir que arrastrado contra mi propia voluntad por unos amigos, si tales términos son posibles fuera del ámbito poético, a ver la nueva versión de Ben Hur protagonizada por Jack Huston y Toby Kebbell a pesar de la críticas devastadoras que había leído. Creo que ya fui predispuesto a lo peor y contraprogramado. Se trataba de experimentar en propia carne que los críticos cinematográficos sirven para algo. Como los políticos. Cosa que a veces uno duda. Pero esta vez las críticas negativas acertaban al cien por cien. Ben Hur 2016 es un pálido, muy pálido, remake del Ben Hur interpretado por Charlton Heston y Stephen Boyd y dirigido en 1959 por William Wyler. No hay color. Y es que W. Wyler es mucho Wyler, a pesar de que Ben Hur no es mi película favorita del director estadounidense. Muy por delante están Jezabel [19348], La carta [1940], La Loba [1941], La heredera [1949], La calumnia [1961], El coleccionista [1965] y si me lo propongo hasta Funny Girl [1969]. Y es que William Wyler sabía bien cómo contar unas historia en imágenes. La versión de Ben Hur 2016 solo pretende darnos gato por liebre, o como afirma una reseña vendernos unos muebles de Ikea como si fuesen un mueble diseñado por Mies Van der Rohe. Se ha adecuado la edad de los protagonistas a la de los posibles espectadores actuales del cine, se les han remozados los trajes para que estén más aparentes y el look para esta lucha de odio entre hermanos, metáfora del odio entre dos pueblos, entre conquistados y conquistadores, tan actual lo sea aún más, pero claro, solo se ha actuado a nivel de maquillaje, nada sobre el fondo de la historia, sobre el nacimiento del critianismo y de la religión cristiana como opio del pueblo que vende el mensaje del amor y que por eso mismo disuelve y anula el miedo que intenta imponer el poder, mucho antes de que la Iglesia y el Poder se aliaran para someter al hombre. De todo eso en el Ben Hur 2016 queda poco, menos, nada. La famosa carrera de cuádrigas deviene aburrida hasta la nausea. La milagrosa curación de la madre y la hermana del protagonista adquieren tintes ridículos en esta versión, cuando en la versión de Wyler tenía una fuerza telúrica espectacular. La primera parte de le película en casa de la familia de Judá se puede soportar porque todavía se atiene en lineas generales al guión de la película de 1959, pero conforme avanza la película los pequeños cambios introducidos en lugar de mejorar el producto, pues de un producto hablamos, lo empeoran. Y uno se pregunta qué necesidad hay de realizar un remake de una gran película para que el resultado a pesar de todos los avances técnicos no mejoren el original y nos hagan añorarlo. Desde luego a Morgan Freeman nunca le darán un Oscar a actor secundario en el papel de mercader africano, Oscar que sí obtuvo Hugh Griffith por el mismo papel en la versión de 1959. Quizás el único plano que merezca la pena, el único fotograma vivo en toda la película, es el plano del actor Rodrigo Santoro crucificado, un instante de realismo y carnalidad completamente ajeno al resto de la película. Y no digamos ya nada de los delirantes planos finales de la película con la familia reconciliándose como si aquí no hubiese pasado nada y que parecen financiados por algún partido o asociación ultra de apoyo a la familia tradicional. No es que Ben Hur 2016 sea una película bidimensional. Es que es plana, aburrida y tendenciosa. Y si nos ponemos no solo se ven los clavos de Cristo, sino incluso, como diría un amigo mío, los clavos de este falso decorado de cartón piedra. Y es que para contar una historia más grande que la vida quizás sean necesarios más de 126 minutos, quizás se necesiten 212 minutos y el inmenso talento de William Wyler.
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